martes, 7 de mayo de 2013


ROSARIO MISIONERO

HOLA QUERIDO MISONER@ TE INVITO A REZAR EL ROSARIO MISIONERO POR LOS NIÑOS DEL MUNDO ENTERO

Para ayudar a las personas que quieren rezar de esta manera, se han confeccionado «rosarios misioneros» en cinco colores.
Cada continente está simbolizado por un color:

el «verde» simboliza a áfrica;
el «rojo» simboliza a América; 

el «blanco» simboliza a Europa;el «azul» simboliza a Oceanía; 
el «amarillo» simboliza a Asia. 

En la decena verde del rosario rezamos por Àfrica.
Àfrica es un gran continente que ha vivido y vive momentos históricos difíciles, pero que a pesar de ello ofrece también al mundo signos de esperanza. En el siglo XIX, las grandes potencias coloniales europeas se «repartieron» el continente africano como se reparte un pastel. Cada uno escogió la parte que más le interesaba sin importarle nada de las situaciones geográficas, raciales, tribales y culturales de los pueblos africanos. De esta manera los africanos se vieron subyugados por «dueños» que buscaban exclusivamente sus intereses estratégicos y económicos.
Pero Dios miró con amor a los africanos y precisamente en el siglo pasado suscitó grandes misioneros, quienes vieron en los habitantes de Àfrica a personas redimidas por la cruz de Cristo, hermanos a quienes había que llevar la luz del Evangelio.
Entre ellos destaca Daniel Comboni. El intuyó que «la hora de áfrica» había llegado; es decir, la hora en que también los negros tenían que llegar a ser miembros de la Iglesia católica por la fe en Cristo y por el bautismo.
Comboni escribía en 1864: «Salvar a áfrica por medio de áfrica» y el Papa Pablo VI durante su visita a Uganda en 1969 gritaba: «Àfrica, sé evangelizadora de ti misma. Irradia la luz del Evangelio sobre todos tus hijos».
El Sínodo africano celebrado en Roma ha sido un signo de la gran vitalidad de la Iglesia africana que trata de responder de una manera evangélica a los grandes desafíos que presenta hoy este continente: guerras fratricidas con la secuela de refugiados y desplazados, modelos de desarrollo impuestos por intereses extranjeros con la complicidad de las clases africanas dominantes, la inculturación en los ámbitos de la liturgia, los estudios bíblicos, el matrimonio, etc.; los pobres, los enfermos de SIDA, el aborto... Los católicos africanos son más de 80 millones; hay muchos obispos, sacerdotes y religiosos autóctonos; también hay un gran número de laicos comprometidos y catequistas que son los principales animadores de las comunidades cristianas.
Estas últimas viven con fervor y entusiasmo la fe recibida y no faltan los que testimonian su fidelidad a Cristo hasta con el martirio. 
Àfrica tiene mucho que aportar a la Iglesia universal desde su peculiaridad con su eclesiología llamada «Iglesia familia»; y, aunque todavía hay extensas zonas de primera evangelización, el Papa Juan Pablo II, vislumbrando esa «nueva época misionera», exhorta a los africanos diciendo: «No solamente salvar a áfrica con áfrica, sino también evangelizar otros pueblos con misioneros africanos.
 
En este misterio del rosario con la decena roja, pedimos por América
Continente que presenta un verdadero mosaico de situaciones geográficas y humanas. Continente en el que existe la opulencia y la extrema pobreza; tecnología de la más avanzada y vida casi primitiva; superproducción y hambre, etc. Continente con profundas diferencias incluso desde el punto de vista religioso: al norte la mayoría es protestante en cambio al sur, Latinoamérica es casi totalmente católica. Pero tanto al norte como al sur se encuentran grandes regiones donde hacen falta misioneros que lleven el primer anuncio
«Con la llegada del Evangelio a América se ensancha la historia de la salvación, crece la familia de Dios... En los pueblos de América, Dios se ha escogido a un pueblo, lo ha incorporado a su designio redentor». Así se expresa el Papa Juan Pablo II en Santo Domingo el 12 de octubre de 1992, celebrando los quinientos años de presencia cristiana en América.
En el mismo discurso el Santo Padre afirmaba también: «Damos gracias a Dios porque en América latina el don de la fe católica ha penetrado en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos años el alma cristiana del continente».
En la evangelización de América, cabe anotar que luego de la primera fase de rechazo de las culturas indígenas y cierta imposición de la fe cristiana, se realizó una inculturización de la fe, que produjo la superación de los muros de división y de odios raciales, un intenso «mestizaje» del que nació el pueblo latinoamericano. El símbolo más perfecto de este encuentro es el acontecimiento de Guadalupe, que tuvo como protagonista al indio Juan Diego, verdadero acto de nacimiento y sello de esta alianza. Han pasado más de quinientos años de la llegada del Evangelio a nuestro continente y no obstante la mayoría católica se detectan síntomas y fenómenos de desorientación en el campo de la fe, proliferación de sectas, avance del materialismo, etc., que hacen urgente una nueva y más profunda evangelización a todos los niveles.
Para combatir estos síntomas es necesario que cada cristiano se comprometa a dar testimonio de su fe cristiana en primer lugar viviendo más a fondo su vida de bautizado, es decir, según las enseñanzas y los ejemplos de Jesús y de los Apóstoles; colaborando a la construcción de una patria común en este continente, dejando a un lado todo racismo y luchando solamente por la fraternidad con todos los pueblos indígenas, negros, blancos, mestizos, etc.
En segundo lugar, comunicando la fe a aquellos que aún no la poseen en modo pleno. Estando dispuesto a ir a compartir esta fe a continentes más necesitados, si el Señor os lo pide. Es cierto que aún necesitarnos sacerdotes, misioneros y religiosos para extender y profundizar nuestra propia evangelización, pero debemos dar de nuestra pobreza» convencidos que «la fe se fortalece dándolo».

En el tercer misterio del rosario con la decena blanca pedimos por Europa. La tradición cristiana de Europa es muy antigua, comienza en los tiempos en que el apóstol Pablo pisó tierras europeas y con la llegada del apóstol Pedro a Roma. Los dos apóstoles, columnas del cristianismo, fueron martirizados en Roma y con el pasar del tiempo Europa se transformó en el centro de irradiación del Evangelio. A lo largo de los siglos, Europa envió muchos misioneros y misioneras a evangelizar los otros continentes.
Sin embargo en la actualidad el viejo continente presenta un panorama no muy halagador. Los cristianos están divididos en varias denominaciones: católicos, ortodoxos y protestantes. Con la caída del muro de Berlín se esperaba alcanzar una mayor unidad y una disminución de conflictos de tipo social, político y económico. En cambio se ha visto que la unificación no es tan fácil y que los desafíos, sea desde el punto de vista social, político, como religioso y otros han aumentado.
El desarrollo industrial y económico ha llevado a los países europeos al bienestar y al consumismo, al materialismo y al ateísmo prácticos, que han destruido la fe y el sentido religioso en las conciencias de tantas personas. El mismo Papa Juan Pablo II constata con amargo realismo: «Grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe... llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio». De aquí que el propio Papa concluye. «Se impone en estos países no sólo una nueva evangelización, sino también, en algunos casos una primera evangelización».
Los obispos europeos están conscientes de los graves problemas que aquejan al continente y tratan de buscar nuevos caminos para renovar la fe de los cristianos europeos y para difundir el mensaje evangélico. Todos ellos afirman que no obstante la dificultad que se está atravesando, el continente europeo debe mantenerse abierto a la solidaridad universal. la reconstrucción de la sociedad en muchas regiones de Europa Oriental esté resultando más complicada de lo que se esperaba y requiera la movilización de todas las fuerzas, es urgente y necesario que Europa sepa mirar más allá de sus fronteras y de su propio interés

El color azul del Rosario misionero identifica, 
en el cuarto misterio, al continente más nuevo y más pequeño: Oceanía.
Continente formado por miles de islas grandes (la mayor de ellas es Australia) y pequeñas, perdidas en el inmenso azul del Océano Pacífico.
La población total de este continente es de casi 25 millones de habitantes. La mayoría de ellos aún no han conocido la Buena Nueva de la salvación.
También el Papa Juan Pablo II lo hace notar: «El multiplicarse de las jóvenes Iglesias en tiempos recientes no debe crear ilusiones. En los territorios confiados a estas Iglesias, especialmente en Asia, pero también en áfrica, América Latina y Oceanía, hay vastas zonas sin evangelizar; a pueblos enteros... no ha llegado aún el anuncio evangélico y la presencia de la Iglesia local»
Entre los misioneros que han vivido, trabajado y muerto anunciando la Buena Nueva en este continente se encuentra el padre Damián Veuster, de nacionalidad belga. El trabajó en Molokai, una isla entre Honolulú y Hawai, donde vivían cientos de leprosos en la más absoluta miseria física y moral. Padre Damián se hizo leproso con los leprosos, con el fin de ganarlos a todos para Jesucristo. Murió consumido por la lepra y por una vida de entrega total.
Hay un buen número de misioneros que trabajan en este continente, pero no son suficientes para la gran tarea de la evangelización.
Las principales dificultades que ellos encuentran derivan de la misma configuración del continente, formado por innumerables islas.
Para transmitir el mensaje cristiano a los diferentes pueblos de las islas, los misioneros deben aprender múltiples idiomas y dialectos.
Para realizar las visitas a las comunidades deben viajar de una isla a otra cubriendo miles de Kilómetros sobre las ciguas del mar. Por otro lado este fraccionamiento impide los contactos y las comunicaciones entre las pequeñas comunidades cristianas que han ido surgiendo sobre todo en Australia y en algunas otras islas.
Estos heraldos del Evangelio que trabajan en condiciones particularmente difíciles, necesitan nuestra oración para poder seguir adelante en la implantación del Reino de Dios en Oceanía.
María, la madre de Aquel que vino a hacer de la humanidad la única familia de los hilos de Dios, allane los caminos del Evangelio en Oceanía, para que sus habitantes a pesar de las distancias y diferencias lleguen a formar la única Iglesia de Cristo redentor.

En el quinto misterio, con la decena amarilla, hacemos oración por el continente asiático.
En ese inmenso continente viven más de la mitad de los habitantes del mundo.Asia es también el continente que encierra en sí las más grandes y antiguas culturas, como es el caso de China, India, Japón. En este continente han nacido los más grandes y famosos fundadores de movimientos religiosos: Confucio en China, Buda en India, Mahoma en Arabia, Abraham en Mesopotamia. El mismo Jesucristo nació en ese continente, pues Palestina es parte de Asia Occidental. No es de admirarse por lo tanto que los pueblos y culturas de este continente estén empapados de un profundo sentido religioso.
Entre los misioneros que han venido a anunciar el Evangelio en estas tierras podemos citar: santo Tomás, san Bartolomé y san Francisco Javier. Pero a pesar de los esfuerzos realizados por estos misioneros y por tantos otros que llegaron después de ellos, Asia cuenta sólo con un 3% de cristianos, de los cuales más de la mitad se encuentran en Filipinas. El Papa Juan Pablo II está consciente de esta situación y manifiesta que se deberían enviar nuevas fuerzas a este continente: «En el continente asiático, en particular hacia el que debería orientarse principalmente la misión ad gentes, los cristianos son una pequeña minoría, por más que a veces se den movimientos significativos de conversión y modos ejemplares de presencia cristiana».
Anunciar el Evangelio a los pueblos asiáticos que tienen profundas tradiciones religiosas y costumbres sociales, no es sencillo. Ellos tienen un concepto de divinidad que no les permite aceptar fácilmente el mensaje cristiano que predica al Hijo de Dios que se humilla tomando naturaleza humana, y muriendo en una cruz para redimir el mundo. 

En algunas regiones la actividad misionera se encuentra paralizada por las persecuciones y en otras encuentra serias dificultades debido a las condiciones políticas.
Además algunos de estos pueblos tienen expectativas que no reciben una respuesta inmediata a través del anuncio de la Buena Nueva. Por ejemplo: los hindúes y los budistas esperan sabiduría; los chinos esperan una solución a sus problemas económicos y de explosión demográfica; los japoneses esperan caminos nuevos para su avance industrial y económico; los musulmanes esperan una moral fácil y estructuras socio-religiosas férreas... y los misioneros llegan a ellos predicando a un Salvador pobre, humilde y humillado, crucificado.
Pidamos, por intercesión de María, para que los misioneros sepan revelar, con las palabras y el testimonio de su vida, a los pueblos tan religiosos y contemplativos de Asia, a un Dios divino y humano a la vez, lejano y vecino, capaz de satisfacer las más grandes aspiraciones religiosas y abrir a los asiáticos el camino que los lleva a la aceptación del Evangelio.

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